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Septiembre

Mi hermana dijo que Septiembre era como un domingo muy largo. No se si cuando era alumna o profesora, lo mismo da. A mí se me va el verano y vuelvo para España. Cuantas menos horas de sol tiene el día, y más rápidos son los cambios de clima, más cerca estoy de irme. Y ya siento que ando en uno de esos domingos largos de la infancia en los que se languidecía sólo por pensar que ya estaba ahí el lunes. Día amenazante por diferentes circunstancias empezando por el madrugón.
Hoy, domingo 1 de septiembre, al pagar la última mensualidad a mi casera, me he instalado un poco en este humor. Ese decir que no a planes que hubiera aceptado hace un mes. Ese andar cansado y alimentarse de pre-cocinados. Ese nadar y guardar la ropa. Ese irse a la cama sin sueño y con cierta sensación de derrota.

Pero al mismo tiempo ese lunes (volver a España) me apetece mucho. Por muchas cosas con nombre propio y otros lugares comunes de cualquier tiempo fuera de España. Del jamón al taco bien dicho pasando por entender lo que me dicen sin tener que estar atento. Así que me encuentro con cuerpo de domingo y sin miedo al lunes. En estado de pura contradicción. En el deseo de una cosa y la contraria de lo más agradable por inevitable: se irá pasando con los días.

Atardecer en Third Beach

Si hay un sitio único en Vancouver, este es Stanley Park. Engaña desde el nombre. No es un parque, es un bosque, pero lo llaman así porque está dentro del centro de esta ciudad. Concretamente al lado de mi casa. Está rodeado por 8 kilómetros de paseo junto al mar, sólo para bicis y peatones, y rematado por una cuantas calas llamadas "English bay", "Second Beach" y "Third Beach". Aclaro que esos son sus nombres porque seguro que alguno leyendo el título de esta entrada creía que me había poseído la necesidad de hablar espanglish post-COI.

Tengo fotos del interior del parque, pero ninguna le hace justicia. Así que por aquí dejo las del atardecer de este pasado jueves en su playa que más luce a la caída de la tarde. Para que no sean como las fotos que ilustraban los libros de religión de mi infancia, un barco hizo funciones de eclipse.

 No se si serán exactamente lo que se me pedía desde el noveno comentario de la entrada anterior. Pero valgan como previa al momento en el que se cierra este blog como se cierra un bar. Como si fueran servilletas que tras campar el día entero por el suelo se barren antes de pasar la fregona.

De lo que ya no voy a hablar

Paso la fregona.
No he encontrado tiempo o forma de hablar de determinadas cosas y por lo menos las quería mencionar. Para el que venga y retome esto.

Me dejo alguna tontada personal, como hablar de la inquietante tienda que tengo enfrente o del primer y último día que me responsabilicé de hacer el café en el trabajo. A proporciones europeas y consecuente respuesta en cuerpos con baja tolerancia. Supongo que me explico.


Tampoco hablaré ya de otras pequeñas cosas con algún interés que cualquiera percibe paseando por las calles de esta ciudad: los concursos de cosas en medio de la calle, como el de la foto de arriba; el olor que recorre todos los parques y playas; las casas a medio hacer, que por ser enteras de madera parecen muebles gigantes de IKEA; que Vancouver encabece casi todas las encuestas de calidad de vida a nivel mundial (cuando llueve tanto); o de que te inviten a una barbacoa que acaba a las 4 y la gente de gracias por la cena.
U otras no tan pequeñas como el tema de los indígenas, sus demonios, subdivisiones, subvenciones y opiniones.

Ni siquiera de hasta qué punto Rafael Nadal es Dios por estas tierras.

No hay tiempo. Son entradas que ya no existirán. Aunque siempre nos quedarán los comentarios.
Una más y nos vamos.